domingo, 13 de julio de 2008

un plano de la catedral de Sevilla


Cada gran templo tiene secretos guardados dentro o fuera de sus muros. La catedral de Sevilla, también. En su caso, se trata del plano prácticamente a escala más antiguo de su planta. La guía mediante la que los arquitectos fueron tramando las líneas de la iglesia gótica más grande de la cristiandad, aquella por la que el mundo debía tomar a sus impulsores por locos, acaba de aparecer lejos de su archivo, concretamente en el convento de Bidaurreta (Guipúzcoa).
Dos investigadores, Begoña Alonso Ruiz, especialista en arte tardogótico de la Universidad de Cantabria, y Alfonso Jiménez Martín, maestro mayor de la catedral sevillana, lo acaban de identificar. Hasta ahora, el plano de planta completa más antiguo del templo se hallaba en la galería de los Uffizi, en Florencia. Un trazado de Giorgio Vasari, el Joven, que servía como referencia histórica y databa de alrededor de 1604. Pero el descubrimiento de estos dos estudiosos es bastante anterior. De mitad del siglo XV, obra de algunos de los maestros que concibieron la catedral -Juan Normán o Juan de Hoces, su yerno, o Alonso Rodríguez, que trabajaron en ella después del maestre Ysanbarte o el maestre Carlín-, aportará claves novedosas a la historia de la catedral y de la arquitectura española. "Se trata del plano más antiguo de este lugar. No tenemos duda. Pero es que hay más. Puede tratarse del plano a escala más antiguo que exista de un edificio así en España", comenta Begoña Alonso.
Todavía, ambos investigadores andan tomando medida a las dimensiones de su descubrimiento. Su afirmación puede sonar extraña, pero lo cierto es que no siempre han existido delineantes. Hubo un tiempo en que los arquitectos, por norma, no sabían dibujar. "Trazaban los templos a tamaño real, con cuerdas y estacas mediante las que señalaban el lugar exacto de cada piedra", comenta Alonso. Por eso, un plano a escala, era una rareza, una técnica al alcance sólo de algunos visionarios. "Eran muy pocos los que dibujaban a escala, por eso el gótico fue revolucionario también. No sólo por las formas artísticas, además empezaron a aplicarse estos métodos", señala Alonso. De hecho, el primer plano de catedrales que se conoce en Europa es el de la Torre de Colonia, que se hizo antes de 1308 y en España, el dibujo de una catedral más antiguo es el de la fachada de la de Barcelona (1408). "Pero planos de planta tan antiguos, hasta el momento, no se conocían", asegura la estudiosa de la Universidad de Cantabria.
El misterio del hallazgo no deja de intrigar a sus propios descubridores. ¿Qué hacía el plano de la catedral gótica más grande del mundo en un convento perdido del País Vasco, en la otra punta de España? "De eso no estamos seguros. Es lo que tratamos de averiguar ahora", afirma Alonso. Al parecer, todo comienza con un terremoto. El de Carmona. Se produjo en 1504 y resquebrajó el pilar que sujetaba el cimborrio de la catedral hasta hacer que se desmoronara en diciembre de 1511.
Entonces, el cabildo de Sevilla convocó a todos los grandes arquitectos del momento para que aportaran soluciones al desastre. Fue un duro golpe para un templo que había marcado récords impropios de la época. Como edificio gótico, comenzaron su construcción en 1433. En 1478 vivió una inauguración parcial con el bautizo del infante don Juan, el único hijo varón de los Reyes Católicos, y en 1506 quedó terminada oficialmente, según ha contado Alfonso Jiménez.
Así, a principios del siglo XVI, se presentó con su salón gótico, sin contar las capillas, de 110 metros de largo por 58 de ancho; con sus 6.380 metros cuadrados de dimensión, dispuestos para acoger, apretadas, eso sí, más de 17.000 almas. Después, sólo ha sido superado en dimensiones por dos templos: San Pedro del Vaticano y San Pablo, en Londres.
El rastro del plano, sin embargo, está unido a la caída del cimborrio. "Fernando el Católico y su hija Juana la Loca convocaron a los grandes arquitectos. Por allí pasaron Juan de Álava, Juan de Badajoz, Juan de Ruesga...". Pero no son los únicos que tienen que ver con el asunto. Anda mandando mucho en la corte también un hombre importante en época: Don Juan López de Lazarraga, testamentario de la reina Isabel, contador de la corona de Castilla y de la Orden de Santiago. Un noble poderoso. "En 1500, este hombre fundamental en la corte había sido el encargado de montar las Cortes en la catedral de Sevilla", apunta Begoña Alonso.
Fue él quien, según estos investigadores, acabaría llevando el plano a Bidaurreta, donde en 1510 impulsó la construcción del convento, el lugar donde quería ser enterrado junto a su familia. Los arquitectos Juan de Ruesga y Pedro Malpaso lo diseñaron. El rastro del primero, precisamente, dio lugar al descubrimiento del plano. Un trabajo de investigación sobre el maestro de cantería, como eran denominados los arquitectos de antaño, llevó a Alonso hasta el documento. Jiménez -"el hombre que más sabe de la catedral de Sevilla", dice Alonso- tuvo que verificarlo con ella. Son esas casualidades sin precio que premian la soledad de los rastreadores de legajos y papeles.
En el pequeño archivo del convento de Bidaurreta descansaba ese plano desde hace 500 años: un pliego completo y sin recortar de 46 por 55 centímetros donde caben las 20 capillas y cinco naves con 32 pilares extensos unidos a estribos y pilastras. La guía del templo gótico más grande del mundo escondida y sólo al alcance de los eruditos que habían de identificarlo cinco siglos después. Nadie, ni las propias monjas, eran conscientes de ser custodias de un tesoro semejante: la impresionante anatomía desnuda de la catedral de Sevilla.

¡Juega una hora al día!

OPINIÓN ¡Juega una hora al día! ELVIRA LINDO
DOMINGO - 13-07-2008



Aquí, en mi barrio, lejos del Manhattan turístico, pijo y cool, los vecinos dan un paseíllo nocturno y se sientan a la fresca. Hay imágenes que te devuelven a un mundo antiguo, como ver a Jimmy, un negro cincuentón, sentado a la puerta de uno de los pequeños edificios de la calle. Jimmy es el sereno y controla el mundo desde su silla de plástico. Un poco más allá, al calor de una tienda de licores, un grupo de cubanos viejos, vestidos como si estuvieran a punto de entrar en el Tropicana, se sientan en corro para discutir de Castro o de Pérez Prado. Cuando pasas delante de ellos te saludan llevándose la mano ligeramente al ala del sombrero. Una vez entras en Broadway, que en esta parte de la ciudad tiene un aire furiosamente popular, lleno de ferreterías y supermercados coreanos, ves a esas parejas entradas en años que desde tiempos inmemoriables, en España o en China, salen a dar su vueltecilla a esas horas en las que el calor no muerde. Aunque vayan vestidos como indios de la India o como el típico matrimonio judío, la actitud es siempre la misma: una especie de relajo vital, de paseo con su poco de charla y su mucho de ensoñación. Nos reíamos pensando que poco a poco nos iremos convirtiendo en una de esas parejas, rebajaremos el ritmo de nuestros pasos y entraremos en la edad más despreciada de esta isla, la vejez. Al neoyorquino joven y en la cresta de sus ambiciones le gustaría eliminar de la acera todas aquellas franjas de edad que caminan lento; mandar los viejos a Florida, los tullidos a Harlem, los niños a los suburbios. Por eso, nosotros, inevitablemente mediterráneos, contemplamos la otra noche con emoción a dos niños chinos que jugaban a las puertas de una lavandería con unos muñecos que parecían indios, animando su juego con los mismos sonidos de tebeo que hacían los niños antiguos. La escena nos recordó, y hablo en plural porque fue una noche de paseo y evocación, aquel libro de fotografías de Helen Levitt que, bajo el título En la calle. Dibujos de tiza y mensajes, recoge las imágenes que la neoyorquina tomó de los grafitis infantiles de 1938 a 1948: monigotes en los postes, corazones en las puertas, rayuelas en el suelo. Toda una poesía del pasado vista por los ojos de una mujer que intuyó que en esos trazos se escondía la fórmula de la fugacidad. Ya no hay niños en las calles. En muchas ciudades españolas, tampoco. En parte, por la inseguridad, pero también hay que agradecerle este fracaso a arquitectos, políticos, urbanistas, etcétera, que llevan años olvidando que parte esencial de la formación del niño está en la calle. Hay ciudades enteras que ya están echadas a perder; en Estados Unidos, casi todas. Y el modelo entusiasma, porque ahí está Pekín, destruyéndose a sí mismo para recibir a las visitas. Pero afirmar que este modelo de vida está condenado a fracasar por el insoportable gasto energético que supone y por la mierda de relaciones humanas que facilita, aún está mal visto. Con respecto a la vida de los niños, que están agilipollados de tanto estar en casa o en actividades extraescolares, hay voces de alarma. Débiles, pero significativas. El Ayuntamiento de Nueva York ha llenado la ciudad con carteles en los que se ve al genial monstruo Shrek diciendo: "¡Juega una hora al día!". ¿No es increíble? Hace menos de cincuenta años, las madres se desgañitaban llamando por la ventana a sus hijos para que subieran a cenar. En esa adicción a las pantallas no hay clases sociales, es más fácil que en la casa del pobre entre un ordenador que un libro. Así es. Pero muchos intelectuales, temerosos como siempre de ofrecer una imagen obsoleta, cantan las excelencias del ordenador, como en los cincuenta hicieron con el coche, sin permitir que se le ponga ninguna pega. Los políticos también se apuntan a la celebración. Esta semana, Rodríguez Ibarra, en este mismo periódico, hacía un canto a Internet; escribía en un tono tan arrebatado de "ese pozo sin fondo de sabiduría" que más bien parecía el discurso que el escritor local hace sobre su patria chica. Nos retaba, a padres y educadores, a no perder el tren informático. La pregunta es: ¿quién se lo está perdiendo? Afirmaba algo aún más singular: si los niños viven fuera de la escuela en un mundo digital, ¿por qué obligarles a un mundo obsoleto cuando están en ella?, ¿por qué la vieja pedagogía, decía, desprecia lo nuevo? Ay, ay, yo diría que lo nuevo ya es viejo, tan viejo que hay personas alarmadas por la cantidad de horas que un niño pasa frente al ordenador. Me atrevería a afirmar que el niño necesita algo más sencillo para entender el mundo: la voz humana del profesor; la necesidad de educar el sentido crítico, de expresarse, de buscar información en una biblioteca, de subrayar líneas de un libro, de escribir a mano, de leer en voz alta. Yo diría que, más que obsoleto, saber mirar a los ojos de un adulto que te instruye, en vez de a una pantalla, es algo revolucionario.
Las madres del mundo han dejado de llamar a sus hijos por la ventana. Ahora se asoman con precaución a ese cuarto donde el niño parece hipnotizado por ese pozo que, en sus manos, más que de sabiduría es de burricie. Y ya se sabe que los burros, si se rebotan, muerden.

Rascacielos vivo en Dubai

Rascacielos vivo en Dubai
El proyecto de una torre giratoria con pisos prefabricados en permanente movimiento, última 'locura' de la arquitectura sin fronteras que tiene su paraíso en el golfo PérsicoJOSEBA ELOLA DOMINGO - 13-07-2008


La visión le impresionó. Fue hace tres años y medio, poco antes de navidades. El arquitecto David Fisher disfrutaba de un atardecer en la impresionante terraza de un amigo suyo, en la Olimpic Tower de Nueva York. "¿Te das cuenta?", le dijo el amigo, "nadie tiene una vista como la mía en Nueva York". Su privilegiada orientación permitía ver los dos ríos que flanquean la península de Manhattan: el East y el Hudson. Fue entonces cuando Fisher se iluminó y se hizo la siguiente pregunta: ¿y si hiciéramos rotar este apartamento?, ¿qué pasaría si hiciéramos que en un edificio cada piso rotara a una velocidad distinta, con una aceleración distinta, en momentos distintos? El resultado es el proyecto que presentó el pasado 24 de junio en Nueva York, la Rotating Tower, una torre viva que sueña con convertirse en icono de la ciudad de las locuras arquitectónicas.
Una torre de 80 pisos en movimiento. Cada piso rotando a su ritmo, de modo que el edificio nunca presenta el mismo aspecto. Un cono central del que se van colgando apartamentos de lujo previamente fabricados en Bari. Son los presupuestos fundamentales de los que parte Fisher, de 59 años, un experto en estructuras prefabricadas que, con ese apellido que tiene, se declara cien por cien italiano. El que alquile un piso en su torre no notará el movimiento bajo sus pies, pero sí verá cómo el paisaje va cambiando a lo largo del día. "Cambiará nuestra percepción del tiempo. Es como cuando ves un atardecer en el Mediterráneo: atrapas el sentido de que el tiempo pasa sin necesidad de mirar el reloj", cuenta por teléfono desde su laboratorio florentino este hombre conocido hasta ahora por el diseño de baños de mármol inteligentes.
El edificio genera una parte de la energía que requiere por medio de su propia rotación y de la captación de energía del viento, según se explica en el proyecto. Un elemento que a Fisher y a los que le respaldan -una sociedad creada ex profeso para el proyecto, Rotating Tower Dubai Development- les permite poner la etiqueta de verde al proyecto. Fisher asegura que su torre rotatoria será realidad en 2010. Que tras la presentación en Nueva York han recibido peticiones de Estados Unidos, Brasil e incluso España, y ya tienen más clientes que apartamentos. Sin embargo, no desvela la cifra de clientes ni quedan del todo claros los detalles financieros de la operación. Es lo que se lleva hoy día: se hace una presentación-flash, una pequeña inversión de partida, y se espera a que la brillantez de la idea arrastre a las fuerzas políticas y financieras. Algo muy habitual en todo el mundo y a lo que estamos menos acostumbrados en España, como explica el arquitecto Miguel Ruano, especializado en proyectos a gran escala, y que prepara un libro sobre Dubai. "Si en algún sitio se puede hacer un proyecto así es precisamente en Dubai, donde nada es imposible", comenta Ruano, que viene trabajando en el emirato desde 2000. "Es posible que se construya, o que sea una puesta en escena. Pero en Dubai, cada vez hay que ser más serio, te la juegas: si les haces quedar mal, ya no puedes volver a poner en marcha un proyecto".
El objetivo de Fisher y los suyos es muy ambicioso: convertir su torre en el próximo icono de la ciudad. Lo tienen difícil. Ya está en fase de construcción Burj Dubai, la que será la estructura más grande jamás construida por el hombre (ya han llegado a los 811 metros de altura).
La torre giratoria pretende abrir una nueva era en la arquitectura, incorporando el dinamismo a los edificios, dicen sus promotores. Veinte pisos para oficinas, 15 para un hotel, 35 con pisos de lujo y, los 10 últimos, chalés. En una primera fase, confiesa Fisher, los clientes sólo podrán ser ricos: el metro cuadrado costará 20.000 euros. Pero el arquitecto italiano confía en que su idea prospere, se popularice y acabe siendo asequible para "la gente corriente". Asegura que se hará otra torre giratoria en Moscú, en 2011. Y sueña con que le sigan Londres, Nueva York y, en un futuro, dice, Madrid.